02 junio 2007

Memorias Bizarras. Hoy: Lady in the Water

Evocando el tan manido mensaje del "agua para todos" lanzado con éxito por el Partido Populaire a los cuatro vientos por estas tierras murcianas, me han venido a la cabeza momentos jocosos e inolvidables relacionados con el agua.
Donde yo vivía había una señora que vendía agua a granel, es decir, tenía como dos inmensos depósitos de los que hay en las azoteas de los edificios más antiguos pero en la puerta de su casa (vivienda unifamiliar de ésas donde hay dos cocinas: la DeLuxe y la de batalla). El éxito de ventas fue espectacular, ya que los precios eran altamente competitivos: 30 pesetas por dos bidones de cinco litros que cargaban mis prepúberes brazos.
El horario de venta al público era dictatorial. Además, si uno cometía la imprudencia de llamar a su puerta si la persiana estaba bajada, corrías el riesgo de ser agredido verbalmente hasta límites que mis entonces virginales orejitas eran incapaces de calibrar.
Verbigracia absolutamente real a pesar de parecer ficticia:
Una señora mayor pidió un vaso de agua para probar la mercancia antes de decidirse a llenar los bidones que incorporaba. La buena mujer bebió y tiró al suelo el resto del agua porque se ve que tenía el paladar más acostumbrado a la evian. La reacción de la vendedora no se hizo esperar:
"¡Lávate el chocho, cabrona! ¡Que te huele desde un kilómetro! ¡Lávate el chocho!"
Obviamente, ya que se dedicaba al mercado acuático, los insultos irían relacionados con el líquido elemento.
Un día de verano iba yo, aterrorizado, siempre aterrorizado, a comprar agua, a pesar de mis ruegos a mamá para liberarme de semejante tarea cuando ocurrió lo que a continuación procederé a relatar. Todos aquellos luchadores contra la obesidad sabrán a qué me refiero: Cuando uno está rollizo de más, uno de los primeros síntomas es que se te baja la cremallera del pantalón por el exceso de presión a ambos lados de la susodicha cremallera. Bueno pues la tal vendedora se carcajeó de mí diciendo cuando me incliné ligeramente para coger los bidones ya llenos:
"Nene, coño, ¿es que me vas a enseñar la pistola?"
De más está decir que me puse como un tomate ante semejante comentario y que las viejas del lugar apoyaron tan sesuda observación con carcajadas. Un trauma más que añadir...
Cuando mi rebeldía adolescente fue aumentando, le dije a mi madre que el agua se la traía del Supermercado TodoTodo o de donde quisiera, pero que ahí no volvía.
El negocio ya cesó, hace que no paso por allí casi veinte años.